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INTIMIDAD, DE HANIF KUREISHI
Por su síntesis, su profundidad y su despiadada transparencia, esta novela debe ser una de las mejores de Hanif Kureishi. Nos somete, como dice muy acertadamente un crítico francés, a una feroz lección de humanidad.
Por la calidad de las plumas de los actuales escritores ingleses, parecen haber heredado en la sangre el talento narrativo de antecesores como Dickens, Jane Austen o Stevenson, por nombrar sólo algunos.
Hanif Kureishi, autor del Buda de los suburbios y Amor en tiempos tristes, caracterizado siempre por un estilo cinematográfico, en cuyos textos abundaban referencias a las drogas, al rock and roll y a la cultura de masas, ha dado un giro notorio a su literatura para expurgar todo elemento superfluo que no sea necesario al más íntimo desarrollo de la historia que nos va a contar. Si, efectivamente creyéramos en el progreso lineal de la especie humana, a este viraje podríamos llamarlo sin miedo evolución.
La acción de la historia es escasa, pero poco importa, porque todo su poder radica en el vértigo de la conciencia de un hombre, Jay, que ha tomado la decisión de dejar a su esposa y dos hijos una casa confortable y llena de flores para arrancar del tedio de una rutinaria vida marital. Ha dejado de amar a su mujer, la convivencia con ella se le ha hecho insoportable y sus principales dudas para dejarla son los hijos.
Aunque ya ha tomado la decisión y toda la novela es el repaso de su vida y las reflexiones en torno al amor para siempre que de alguna forma imponen los hijos, la certeza del daño que puede causar con esa elección y el hecho de resignarse a la infelicidad cotidiana.
En definitiva, una lucha abierta y cruda, sin ningún tapujo donde se dice todo lo que no debe decirse, entre la libertad y la responsabilidad que nos liga a los otros.
Como una crónica del fin del amor (¿y por qué se acaba el amor?, debería ser la pregunta de fondo) y el comienzo del odio, Kureishi retrata con inteligencia, y sin perder el humor tradición británica obliga, los desencantos de la madurez, las casi insalvables dificultades de la vida en pareja, las mezquindades, las negociaciones y las claudicaciones que nos impone la vida.
Ante las recriminaciones de su esposa, sacándole en cara los esfuerzos que ella hace diariamente para que él sea feliz, Jay llega a la siguiente conclusión: Ante ella me siento avergonzado. Pero la verdad es que no soy capaz de divertirla ni de animarla. Y, sin embargo, de entre toda la gente que hay en el mundo nos hemos elegido el uno al otro. ¿Para qué? Para una grave y difícil tarea: frustrarnos y castigarnos el uno al otro. Pero, ¿por qué? .
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