Política
Conozco al monstruo porque viví en sus entrañas
Por Andrés Aguirre
El pasado jueves 28 de septiembre, en el marco del seminario “La protección social en un mundo incierto” organizado por la Fundación 21, Michelle Bachelet decía en su discurso a propósito del país que queremos y de los valores que se persigue tras este modelo en términos de protección social y crecimiento que, “…a la larga se trata de una muy antigua y tradicional discusión política, pero no de esa política pequeña, de la cuña diaria, o de lo que éste dijo de éste o del otro, sino más bien de alta política, de modelo de sociedad, de ideales y de maneras de cómo llevamos a cabo estos ideales”. El discurso sigue en esta línea incluyendo citas de pensadores contemporáneos como Manuel Castells, Ulrich Beck y Anthony Giddens. Filósofos y sociólogos que probablemente sólo leyó quien hizo el discurso. Porque la realidad es que en los cuerpos transversales del gobierno lo que abunda no es precisamente la alta política sino justamente lo que en su discurso Bachelet llama pequeña política. En otras palabras hay una enorme distancia entre el contenido y las intenciones del discurso y la cultura y las prácticas de quienes son los encargados de diseñar e implementar las políticas públicas en los distintos sectores, o sea de llevar a cabo los “ideales” señalados.
Trabajé 4 años en un programa de gobierno vinculado a tres ministerios. Fue una experiencia interesante en muchos sentidos. No precisamente de una manera estética ni tampoco intelectual. Se aprende rápido que, aunque los objetivos de la política sean nobles, los procedimientos son miopes y mezquinos. Priman los intereses políticos por sobre la búsqueda del bien común. Se suele confundir la inteligencia con la astucia y el conocimiento con la eficiencia técnica. El repertorio cultural de las “autoridades” -jefes de servicio, jefes de división, directores de programa, etc.- es escandalosamente pobre. Abundan los tecnócratas y expertos de todo tipo, además de los operadores políticos. El pensamiento, en un sentido lato, es un bien escaso, y lo que es peor , es un bien sospechoso y disruptivo.
Todo esto es importante por varias razones. Se habla mucho de innovación, de creatividad de emprendimiento, pero al interior de los ministerios estos valores, en vez de ser reforzados, son sancionados no, claro está, con medidas explicitas, sino con conductas y actitudes que los inhiben. Lo anterior en psicología de la comunicación es lo que se llama el doble vínculo, es decir que con la palabra se estimula algo y con el gesto se le castiga. No hay salida. El resultado a la larga es la esquizofrenia.
Por otro lado, el hecho de que en muchos personeros de gobierno, que son políticamente correctos en las formas pero muy incorrectos en el fondo, impere la subordinación a los intereses del partido respectivo antes que la propia iniciativa o la capacidad de innovar, está en la base de viejas practicas culturales, como el clientelismo y el pago de favores, que obstaculizan el proceso de Modernización del estado y la probidad pública. Es cierto que Chile es el país latinoamericano con mejores grados de probidad en su administración tal como lo han señalado ya numerosos estudios internacionales. Sin embargo, el Informe de la Comisión Nacional de Ética Pública del año 1994 ya constataba que “en nuestro país hay prácticas de carácter cultural que son toleradas y aceptadas por todos los actores sociales y que en otros países han conducido a generar problemas de corrupción y por lo mismo se requiere una labor que prevenga y corrija dichas prácticas”. Lamentablemente, la realidad es que se hace muy poco para corregirlas, más bien se las soslaya.
En síntesis, la práctica ciudadana no es sólo, o no debiera ser sólo, una pose para la foto donde la autoridad de turno se sienta al lado del beneficiario, (mientras más cerca del suelo mejor), o un telón para colgar en los actos públicos ni una pura palabra en los discursos. Las buenas prácticas y el cambio de cultura –más alta política y menos pequeña política- deben ser consistentes desde dentro del estado para que realmente se transformen en herramientas de probidad, eficiencia y progreso y no en una endeble maqueta de cartón sin credibilidad ante la opinión pública.
Conozco al monstruo porque viví en sus entrañas
Por Andrés Aguirre
El pasado jueves 28 de septiembre, en el marco del seminario “La protección social en un mundo incierto” organizado por la Fundación 21, Michelle Bachelet decía en su discurso a propósito del país que queremos y de los valores que se persigue tras este modelo en términos de protección social y crecimiento que, “…a la larga se trata de una muy antigua y tradicional discusión política, pero no de esa política pequeña, de la cuña diaria, o de lo que éste dijo de éste o del otro, sino más bien de alta política, de modelo de sociedad, de ideales y de maneras de cómo llevamos a cabo estos ideales”. El discurso sigue en esta línea incluyendo citas de pensadores contemporáneos como Manuel Castells, Ulrich Beck y Anthony Giddens. Filósofos y sociólogos que probablemente sólo leyó quien hizo el discurso. Porque la realidad es que en los cuerpos transversales del gobierno lo que abunda no es precisamente la alta política sino justamente lo que en su discurso Bachelet llama pequeña política. En otras palabras hay una enorme distancia entre el contenido y las intenciones del discurso y la cultura y las prácticas de quienes son los encargados de diseñar e implementar las políticas públicas en los distintos sectores, o sea de llevar a cabo los “ideales” señalados.
Trabajé 4 años en un programa de gobierno vinculado a tres ministerios. Fue una experiencia interesante en muchos sentidos. No precisamente de una manera estética ni tampoco intelectual. Se aprende rápido que, aunque los objetivos de la política sean nobles, los procedimientos son miopes y mezquinos. Priman los intereses políticos por sobre la búsqueda del bien común. Se suele confundir la inteligencia con la astucia y el conocimiento con la eficiencia técnica. El repertorio cultural de las “autoridades” -jefes de servicio, jefes de división, directores de programa, etc.- es escandalosamente pobre. Abundan los tecnócratas y expertos de todo tipo, además de los operadores políticos. El pensamiento, en un sentido lato, es un bien escaso, y lo que es peor , es un bien sospechoso y disruptivo.
Todo esto es importante por varias razones. Se habla mucho de innovación, de creatividad de emprendimiento, pero al interior de los ministerios estos valores, en vez de ser reforzados, son sancionados no, claro está, con medidas explicitas, sino con conductas y actitudes que los inhiben. Lo anterior en psicología de la comunicación es lo que se llama el doble vínculo, es decir que con la palabra se estimula algo y con el gesto se le castiga. No hay salida. El resultado a la larga es la esquizofrenia.
Por otro lado, el hecho de que en muchos personeros de gobierno, que son políticamente correctos en las formas pero muy incorrectos en el fondo, impere la subordinación a los intereses del partido respectivo antes que la propia iniciativa o la capacidad de innovar, está en la base de viejas practicas culturales, como el clientelismo y el pago de favores, que obstaculizan el proceso de Modernización del estado y la probidad pública. Es cierto que Chile es el país latinoamericano con mejores grados de probidad en su administración tal como lo han señalado ya numerosos estudios internacionales. Sin embargo, el Informe de la Comisión Nacional de Ética Pública del año 1994 ya constataba que “en nuestro país hay prácticas de carácter cultural que son toleradas y aceptadas por todos los actores sociales y que en otros países han conducido a generar problemas de corrupción y por lo mismo se requiere una labor que prevenga y corrija dichas prácticas”. Lamentablemente, la realidad es que se hace muy poco para corregirlas, más bien se las soslaya.
En síntesis, la práctica ciudadana no es sólo, o no debiera ser sólo, una pose para la foto donde la autoridad de turno se sienta al lado del beneficiario, (mientras más cerca del suelo mejor), o un telón para colgar en los actos públicos ni una pura palabra en los discursos. Las buenas prácticas y el cambio de cultura –más alta política y menos pequeña política- deben ser consistentes desde dentro del estado para que realmente se transformen en herramientas de probidad, eficiencia y progreso y no en una endeble maqueta de cartón sin credibilidad ante la opinión pública.

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